Escrito por Juan Antonio Fernández
Como muchos de mis colegas jubilados, estoy haciendo algunos viajes de esos que se llaman “culturales”. Esta convivencia con personas que normalmente no son conocidas, me proporciona experiencias humanas muy interesantes. Los mayores, con hijos y nietos de todo tipo, solemos explicar que, a pesar de la formación cristiana que recibieron de niños y adolescentes, los jóvenes no se acercan por la iglesia. Que las cosas han cambiado mucho. Que lo de antes –es decir, todo el pueblo en misa dominical, etc.-, eso sí que era bueno, etc. etc. Hete aquí que he presenciado dos hechos que me han dado qué pensar y que paso a relatar.Íbamos en un autocar en uno de esos viajes culturales en los que el primer día casi nadie se habla y ya pasados unos días empiezan las conversaciones. En este ambiente, resulta que la guía invitó a los viajeros a contar chistes, o cantar, o hacer algo que hiciera el viaje más ameno. Al principio casi nadie se atrevió, pero luego, una vez cogida cierta confianza, empezaron los chistes. Primero suavemente, con chistes un poco sosos, para pasar paulatinamente a lo que en nuestros tiempos se llamaban “chistes verdes”, que hoy creo que ya no harían sonrojar a nadie, pero que fueron recibidos con grandes carcajadas por el auditorio. Para mi sorpresa, llegaron los chistes sobre curas y monjas, que tuvieron un gran éxito. Creo que los que más, aunque hay que decir, en verdad, que no a todo el mundo le hizo gracia, porque todos no se rieron.
Yo miraba a señoras que podían tener la edad de mi madre, si viviera, riéndose a mandíbula batiente. No creo que por ser cristianos tengamos que ser unos mojigatos, pero sí me parece que, cuando se pierden los papeles y se entra en barrena -cosa que le ocurrió al que contaba los chistes-, hay que demostrar que a uno no le hace gracia que se mezclen el respeto debido a lo religioso y su entorno, con las lógicas ganas de pasarlo bien en una excursión. Hay temas -como la política-, sobre los que no nos permitiríamos bromas o chistes, en un colectivo como el que describo, porque seguramente que nos incomodaría y haría que acabásemos enemistados unos con otros. Me pregunto yo, ¿por qué sobre el tema religioso sí se puede ridiculizar, y con gran éxito por cierto?
He llegado a la conclusión de que muchos de nosotros, los mayores, no tenemos tanto respeto, como hacemos creer, hacia lo religioso. Seguramente que no son tantos, en este gremio, los que frecuentan las parroquias.
No sé si nos hemos dado cuenta de que no es que no vayan a la iglesia los jóvenes, en general; es que tampoco van los mayores. Hace tiempo que había que haberse preguntado qué clase de evangelización se hizo; porque estas personas tienen más de setenta años, o sea que estamos hablando de algo que pasó hace ¡cincuenta años!, y lo que les ha quedado, con las excepciones que se quieran, es una especie de miedo a Dios mezclado con un montón de obligaciones que naturalmente no cumplen, porque no las entienden o no les apetece, y de lo que se desprenden a las primeras de cambio, como el que se quita un peso de encima. O sea que el fenómeno de un pueblo mayoritariamente increyente, no es nuevo, ni mucho menos de ahora.
La otra experiencia que he vivido, está relacionada con otro viaje. En una comida, un señor puso en tela de juicio alguna actuación de Cáritas en su barrio. Lo de siempre, que si en mi vecindad se ayuda a una familia que luego resulta que tiene dinero para comprarse esto o lo otro.
En este caso, para mi sorpresa, uno de los comensales -un señor-, le increpó defendiendo la labor de Cáritas, en el sentido de que si se ayudaba sería porque la Cáritas de la parroquia que lo hacía, no estaría enterada de la supuesta situación económica desahogada de esa familia, y que si los vecinos sabían que había algo irregular, en su mano estaba ir a comunicarlo a la parroquia correspondiente que tiene medios, a través de los ayuntamientos, para investigarlo.
Cáritas se puede equivocar como todos los demás, pero desde luego ponen un gran empeño en acertar. Me llamó la atención esta valiente intervención en defensa de un servicio como el de Cáritas, que no necesita propaganda, porque se valora por sí mismo, pero sí necesita defenderlo cuando alguien, seguro que sin información contrastada, lo critica.
Son dos muestras de cómo reaccionamos, a veces, en público, en temas relacionados con nuestra fe, nuestra Iglesia, nuestros sacerdotes, frailes o monjas (por cierto no sé por qué ese afán de hablar siempre de “monjitas”). Más tarde, hablando con este señor, me comentó que él era viudo al igual que la señora con la que vivía ahora, pero que no se habían querido casar por la Iglesia; no obstante ellos iban a celebrar aquello en lo que creían, todos los domingos a su parroquia.
No sé si esta pareja pasaría los controles de “puro-impuro” con los que algunos jerarcas de nuestra Iglesia amenazan tan a menudo como desafortunadamente, pero estoy seguro de que ellos dieron un magnífico testimonio cuando había que darlo, y en público. Ojalá los demás fuéramos capaces de testimoniar nuestro malestar, cuando ante nosotros se denigra a servidores de la Iglesia.
Y tú... ¿ que piensas ?